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La terapeuta se quita los tacones y me obliga a comerle los pies

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La cita era a las diez. Ella llega tarde tras una visita a domicilio, se sienta en el sillón de cuero con un vestido negro y perlas, y pregunta si puede quitarse los zapatos de tacón color carne. Él dice que eso no es profesional. Ella le recuerda de quién es la consulta y que él ya le ha confesado lo mucho que desea una paja con los pies que su novia nunca le hará. Las uñas rojas de los pies envuelven su polla sobre la alfombra. Luego se monta encima de él en el suelo y deja que él la doble sobre el sofá con las plantas de los pies en sus manos. La caja de zapatos permanece abierta todo el rato.
Él está a punto de marcharse. Ella entra pidiendo perdón, todavía con el vestido negro y las perlas, y le pide que le quite los tacones tras una mañana de recados. Cuando él se opone, ella le dice que esa es su oficina y que él ya admitió que vendería su alma por unos pies bonitos sobre su polla. Ella es esa mujer. El nuevo par sale de la caja de marca. Él se saca la polla. Sus uñas rojas se deslizan, aprietan y acarician hasta que él se corre sobre la alfombra estampada. Se quitan la ropa, excepto el corsé. Ella se sienta a horcajadas sobre él en el suelo y luego se tumba en el sofá gris para que él pueda sujetarle los tobillos y follarla mientras las plantas de sus pies permanecen a la vista. Sin novia. Sin próxima cita apuntada. Solo el médico que llega tarde y que por fin ha dado con el fetiche adecuado.